-Hora de la muerte, las doce en punto de la noche –certifica el médico–. Luego cubre con una mortaja de seda el cuerpo de la bella durmiente.
domingo, 22 de abril de 2012
Tristes y hediondas aventuras del valiente caballero de la halitosis
-Hora de la muerte, las doce en punto de la noche –certifica el médico–. Luego cubre con una mortaja de seda el cuerpo de la bella durmiente.
domingo, 15 de abril de 2012
Origami airlines
-¿Qué le pasa al avión, papá? -pregunta Javier- ¿Por qué no vuela?
Le digo que se tranquilice, que voy a revisarlo. Con cuidado, lo despliego hasta que vuelve a ser una hoja de papel cuadriculada. La miro al trasluz. Aquí, señalo. Javier aprieta los labios y asiente. Saca su estuche y corta un trozo de celo. Lo coloca sobre el folio tapando una pequeña brecha. Y volvemos a montarlo: Primero el fuselaje, luego las hélices, los motores y los asientos, finalmente los pilotos y las azafatas. Javier lo coge con dos dedos y le echa el aliento a la punta. El piloto le hace una señal, él mira hacia la torre de control. Cuando tiene pista libre, lo lanza. Destino Tokio.
domingo, 8 de abril de 2012
El supermercado
Tiene un código de barras tatuado en la muñeca. Parece como marcado a fuego. Ella, que ha seguido mi mirada, sonríe un poco y se sonroja. Luego pasa la mano por el lector laser: 299€. Pago con tarjeta, la meto en una bolsa de plástico y la subo a la habitación.
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sábado, 31 de marzo de 2012
Café para dos
¿Y cuándo será el
incendio? Pregunta la niña, mirando hacia una sillita de plástico
rosa. Luego levanta su cafetera de juguete y sirve dos tazas de
humeante y negro café. Gira la mesa y ensaya una media sonrisa lánguida, esquinada. Bebe un sorbo de la otra taza, con cuidado de no quemarse, y
con voz más grave, más ronca que la suya, dice: Pronto pequeña,
cuando él esté en casa.
(finalista semanal de relatosencadena de la cadena Ser)
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domingo, 25 de marzo de 2012
Tinta en las venas
Esas estrellas parecen frutas maduras, susurra el dragón que se enrosca alrededor de su cuello. Él tuerce
el gesto y continúa tatuando estrellas sobre el pecho de la chica.
-Ese dragón es impresionante, ¿Te
lo has tatuado tú mismo? ¿Hasta dónde te llega? -Pregunta ella, mirándole a los
ojos y acariciándole el cuello con un dedo.
-Míralo tú misma -está a punto de
responder, pero las palabras se atascan en su garganta. Y sonríe levemente, sin
levantar la vista.
De pronto, un dolor punzante
cerca de la oreja, allí donde descansa la cabeza del dragón. Y una húmeda
calidez resbala cuello abajo.
-¿Qué coño es eso? -pregunta la
chica.
-Nada -contesta él-, sólo es tinta
roja.
sábado, 17 de marzo de 2012
Silencio interior
Nunca fui tan feliz como la semana que mi voz interior se quedó afónica. Sucedió el sábado, tras una breve conversación con aquella rusa de ojos grises que soltaba monosílabos helados como témpanos. Aquel "deberías dejarla en paz, ¿no ves que la molestas?" que escuché en mi cabeza, ya me sonó preocupante, más ronco de lo normal. Pedí al barman una infusión de romero con miel, pero no dio resultado. Fui escuchándola cada vez menos, hasta que enmudeció. Ese silencio interior me asustó un poco al principio; pero pronto empecé a sacarle partido: El lunes hice puenting; el martes me comí seis huevos fritos con mucha sal; el miércoles me compré la moto; el jueves fui al trabajo en bermudas de flores; y el viernes le expliqué a mi jefe donde podía meterse su amonestación. Y llamé a Ester y le dije que aun la quería, que le perdonaba todo. El sábado por la noche, cuando estábamos los dos fumando en la cama, charlando de nuestro futuro, escuché algo, una voz desgañitándose por hacerse entender: "¡Huye!"
sábado, 10 de marzo de 2012
Congelador hermético
Allí estábamos todos, en un rincón del congelador. Finalmente, convinimos en ponernos en marcha. Caminamos sin rumbo a través de un laberinto de estanterías kilométricas, repletas de pescado congelado. De repente, se acabaron las estanterías, y el suelo metálico del congelador fue dando paso a uno más irregular, rocoso. Cuando aquellos pingüinos pasaron frente a nosotros dando saltitos, dudamos un momento, pero decidimos continuar. Tras horas de marcha, llegamos a un mar de hielo que se extendía hasta el horizonte. A lo lejos, vimos un galeón vencido y desarbolado, que se había quedado atrapado en el hielo. Entonces se levantó una ventisca que nos obligó a buscar abrigo. Por suerte encontramos una cabaña, donde encendimos un fuego y descansamos. El viaje nos había abierto el apetito así que abrimos la nevera. Allí estábamos todos, apretujados en un rincón del congelador.
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