lunes, 17 de noviembre de 2014

Microrrelato nº 60: Cuentos de la sombra

           Me preguntas porqué escribo aun mis cuentos a lápiz. Te lo voy a explicar, aunque probablemente no me creas: Lo hago porque dentro, en su corazón de grafito, habitan, apiñados,  los fantasmas de los personajes que algún día inventaré. Y si acerco bien la oreja puedo oírlos pelear entre ellos por estar en primera posición, cerca de la punta de carbón.  Algunos incluso me hablan, me cuentan su historia antes de que yo la invente. Tengo a algunos de ellos encerrados bajo llave en una cajita de madera, allí en lo más alto de la estantería. A veces los escucho agitarse, quejumbrosos, dentro de su prisión. Si te atreves, te presto alguno.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Microrrelato nº 59: La mano derecha



                Hubo un día, hace años, en que tuve una cámara fotográfica en la mano derecha y una pistola en la izquierda. La foto que hice dio la vuelta al mundo. Un grupo de soldados serbios, a las afueras de Kosovo, violaba a una niña musulmana. Hoy, quince años más tarde, tengo esa fotografía en la mano izquierda y la pistola que entonces no usé, en la derecha.

sábado, 17 de mayo de 2014

Microrrelato nº 58: Ninfa

     Dentro sólo tengo cenizas, decía mamá con la boca seca. Por entonces ya ni salía a la calle. Se arrastraba por la casa devorando Palo Santo. Dormía y engordaba. Una mañana, la policía se llevó a papá y ella se ahorcó de la lámpara del comedor.  Y ahí se quedó, endureciéndose. Cuando eclosionó hubo cenizas por todas partes. La mujer que salió de dentro tiene la sonrisa como galletas recién horneadas. Estamos tan contentos de tenerla en casa, que casi ni nos fijamos en las alitas de polilla que le asoman por la nuca.

lunes, 12 de mayo de 2014

Microrrelato nº 57: La curva

          La mujer que me ha recogido tiene el pelo blanco y la mirada cansada. Se ha parado a mi lado en el arcén y ha dicho: “Sube, que esta noche hace frío”. La voz de la anciana me ha parecido familiar, tan distinta a todas las otras voces que he escuchado en esta carretera. Quiero preguntarle su nombre, pero sé que no tendré valor. Además, ya estamos llegando. Me acerco a su oído y susurro mi frase: “Cuidado, en esa curva me maté yo”.
Espero.
Nada.
No hay gritos, ni vello erizado, ni músculos crispados. Nada.

Se gira hacia mí. Sonríe y me acaricia la mejilla. Lo sé, cariño, dice.

miércoles, 30 de abril de 2014

La deuda

      Apuntó con calma y disparó. El hombre cayó de espaldas, sin apenas hacer ruido, y una mancha roja empezó a crecer en su pecho. Entonces lo supo. De esa forma absurda en que se saben las cosas en los sueños, supo quién era ese hombre. Gritó. Gritó hasta destrozarse la garganta. Pero su boca permanecía muda, reseca, paralizada en una sonrisa que era la sonrisa de otro hombre.  Cuando cuente tres, despertarás: Uno, dos, tres.  Regresa, Myriam, ordenó el psicoanalista. Ella abrió los ojos, todavía húmedos, se levantó del diván y,  rechazando el vaso de agua que le ofrecía la enfermera, bajó a la sala de espera. Su hijo, al verla entrar, sonrió y la encañonó con su pistola de juguete. Myriam se agachó, y lo abrazó fuerte, muy fuerte.

martes, 16 de abril de 2013

La Pasión


        La barba pincha al principio, es verdad. Pero, ¡ay, hijas mías!, esos labios, dulces como bienaventuranzas, os transportarán al reino de los cielos, dice la madre superiora, que se santigua y eleva a las alturas una mirada que parece una plegaria. Luego se pone de puntillas y besa los pies de mármol blanco. Las novicias lanzan suspiros de devoción mientras se empujan las unas a las otras para estar lo más cerca posible del crucifijo. Ahora, eso sí, continúa aleccionando la madre superiora, tened cuidado con los agujeros de sus manos, las manchas de sangre en el hábito son muy difíciles de lavar.

sábado, 6 de abril de 2013

El abrazo



 Que venga a darme un último beso, masculla  Von Hagens al oído de su médico personal. El doctor asiente, solícito, y con un rígido ademán traslada la orden a la señora Hagens. Bárbara Hagens, en el local de striptease la llamaban sólo Barbie, da un paso al frente. Osito, siento tanto que te mueras, dice, entre mascada y mascada de chicle. El viejo saca unos brazos esqueléticos y  la agarra con tal fuerza y rapidez que deja a Barbie sin aliento. Y la abraza.  Y aprieta. Sus cuerpos se funden. Se mezcan. Al deshacerse el abrazo, en la cama hay una anciana que masca chicle y  un joven esbelto se aleja silbando algo de Sinatra.