sábado, 17 de mayo de 2014

Microrrelato nº 58: Ninfa

     Dentro sólo tengo cenizas, decía mamá con la boca seca. Por entonces ya ni salía a la calle. Se arrastraba por la casa devorando Palo Santo. Dormía y engordaba. Una mañana, la policía se llevó a papá y ella se ahorcó de la lámpara del comedor.  Y ahí se quedó, endureciéndose. Cuando eclosionó hubo cenizas por todas partes. La mujer que salió de dentro tiene la sonrisa como galletas recién horneadas. Estamos tan contentos de tenerla en casa, que casi ni nos fijamos en las alitas de polilla que le asoman por la nuca.

lunes, 12 de mayo de 2014

Microrrelato nº 57: La curva

          La mujer que me ha recogido tiene el pelo blanco y la mirada cansada. Se ha parado a mi lado en el arcén y ha dicho: “Sube, que esta noche hace frío”. La voz de la anciana me ha parecido familiar, tan distinta a todas las otras voces que he escuchado en esta carretera. Quiero preguntarle su nombre, pero sé que no tendré valor. Además, ya estamos llegando. Me acerco a su oído y susurro mi frase: “Cuidado, en esa curva me maté yo”.
Espero.
Nada.
No hay gritos, ni vello erizado, ni músculos crispados. Nada.

Se gira hacia mí. Sonríe y me acaricia la mejilla. Lo sé, cariño, dice.

miércoles, 30 de abril de 2014

La deuda

      Apuntó con calma y disparó. El hombre cayó de espaldas, sin apenas hacer ruido, y una mancha roja empezó a crecer en su pecho. Entonces lo supo. De esa forma absurda en que se saben las cosas en los sueños, supo quién era ese hombre. Gritó. Gritó hasta destrozarse la garganta. Pero su boca permanecía muda, reseca, paralizada en una sonrisa que era la sonrisa de otro hombre.  Cuando cuente tres, despertarás: Uno, dos, tres.  Regresa, Myriam, ordenó el psicoanalista. Ella abrió los ojos, todavía húmedos, se levantó del diván y,  rechazando el vaso de agua que le ofrecía la enfermera, bajó a la sala de espera. Su hijo, al verla entrar, sonrió y la encañonó con su pistola de juguete. Myriam se agachó, y lo abrazó fuerte, muy fuerte.

martes, 16 de abril de 2013

La Pasión


        La barba pincha al principio, es verdad. Pero, ¡ay, hijas mías!, esos labios, dulces como bienaventuranzas, os transportarán al reino de los cielos, dice la madre superiora, que se santigua y eleva a las alturas una mirada que parece una plegaria. Luego se pone de puntillas y besa los pies de mármol blanco. Las novicias lanzan suspiros de devoción mientras se empujan las unas a las otras para estar lo más cerca posible del crucifijo. Ahora, eso sí, continúa aleccionando la madre superiora, tened cuidado con los agujeros de sus manos, las manchas de sangre en el hábito son muy difíciles de lavar.

sábado, 6 de abril de 2013

El abrazo



 Que venga a darme un último beso, masculla  Von Hagens al oído de su médico personal. El doctor asiente, solícito, y con un rígido ademán traslada la orden a la señora Hagens. Bárbara Hagens, en el local de striptease la llamaban sólo Barbie, da un paso al frente. Osito, siento tanto que te mueras, dice, entre mascada y mascada de chicle. El viejo saca unos brazos esqueléticos y  la agarra con tal fuerza y rapidez que deja a Barbie sin aliento. Y la abraza.  Y aprieta. Sus cuerpos se funden. Se mezcan. Al deshacerse el abrazo, en la cama hay una anciana que masca chicle y  un joven esbelto se aleja silbando algo de Sinatra.

domingo, 31 de marzo de 2013

MIcrorrelato nº53: Cruz de guerra


            Mercedes consume sus días sentada en la butaca. En el rostro macilento, siempre la misma expresión sin expresión. No suele inmutarse por nada. Ni siquiera cuando, como ahora, Rafael, su marido, se desnuda y sube a la mesa con la cruz de guerra que le dieron hace 60 años.

            Pero hoy su casa está llena. Hijos y nietos han venido de visita. Todos miran la escena del abuelo, con cara de “venga, vamos, otra vez”.

            Mercedes se levanta y, con ayuda del caminador, se acerca a la mesa.

            Cerca del río Jarama, una bala del calibre 19, dice Rafael, señalándose el pecho.

            Mercedes golpea la mesa con el caminador. El marido se calla y todos se giran. Con manos temblorosas, ella también se desnuda. Deja caer la ropa a sus pies. Separa los brazos y muestra un cuerpo surcado de cicatrices.

            58 años de cinturones. No dice nada más.

            Un denso silencio se pega a las paredes, cristaliza y estalla en mil pedazos cuando cae al suelo la cruz de guerra de Rafael.

jueves, 21 de marzo de 2013

Carretera de doble sentido


        ¿Qué pasa?, murmura Manuela compungida. Baja la mirada  hacia su desnudez octogenaria y se encoge como un animal herido. Manuel la cubre con su abrigo reflectante amarillo; y vuelve a echar un vistazo a la fotografía de la mujer desaparecida. La he encontrado, dice, apretando el botón del walkie-talkie. Sólo escucha ruido blanco. Se gira sobresaltado, una mano le sujeta la muñeca. Tranquilo, dice una voz, ya te tenemos. Manuel busca su arma, pero no está donde debería. Se mira las manos, vacías, arrugadas, temblorosas. ¿Qué pasa?, murmura Manuel compungido. Entonces, alguien cubre su desnudez octogenaria con un abrigo reflectante amarillo.