El pie derecho se me resiste, pero el resto de su cuerpo
ya se encuentra sometido a mi voluntad. Incluso podría, si quisiera, hacerle
hablar lenguas desconocidas, arrojar chorros de vómito verde o girar la cabeza
360 grados. Pero ya estoy hastiado de estos jueguecitos, para este cuerpo tengo
preparado algo mucho más interesante. Arrastrando el pie insurrecto, llego
hasta la limusina blindada. El chofer, al abrirme la puerta, me mira con el rabillo del ojo. No es nada,
un accidente de golf, le tranquilizo. Él asiente, solemne; luego pregunta: ¿A
dónde le llevo, Excelencia? Empezaremos por Wall Street, allí siempre me siento como en
casa.
domingo, 18 de diciembre de 2011
Entre sus pares
Hermosa pesadilla
Nota las piernas pesadas, muy pesadas. Subo, escalón a escalón, arrastrándolas como puedo. Debo
llegar al final de la escalera. Mis compañeros suben corriendo, se alejan sin advertir
que estoy en apuros; no se giran cuando les grito, suplicando ayuda.
¿Qué pasa? ¿No me escuchan? Pero… un segundo. Miro en derredor. Todo es muy real, pero algo no encaja.
¡Claro!, no es más que un sueño. En realidad, a mis piernas no les pasa nada,
pienso con alivio. Casi inmediatamente, como respondiendo a esta subita revelación, todo empieza a disolverse
alrededor. Abro lentamente los ojos. La enfermera se sienta en mi cama, pasa un paño humedo por mi frente y me
coloca bien el respirador. ¿Has tenido una pesadilla?, pregunta. Parpadeo dos
veces. Significa que no.
sábado, 3 de diciembre de 2011
La forma de crear
Las palabras, lánguidamente, se han ido posado de nuevo
sobre el libro. Don Miguel, tomándolo entre sus manos, lee la primera línea:
“Hidalgo corredor de lugar nombre Mancha acordarme rocín adarga…” No, tampoco
esta vez. Se acoda sobre la mesa y, suspirando ruidosamente, hunde el rostro
entre las manos. Luego se agarra la cabeza y la zarandea y la zarandea. De repente, el libro
vuelve a estar en blanco, pues las palabras han estallado, y flotan y
revolotean en enjambres de tinta negra, y
ocupan otra vez todo el aire de la habitación. Y Don Miguel reza, reza por que
esta vez, cuando sedimenten sobre las páginas en blanco, por fin lo hagan en el
orden correcto.
domingo, 27 de noviembre de 2011
Tu esposo hambriento
Cuando ya estaba
resignada a que me trataras como un mueble más… Ay, tú no sabes cómo añoraba
esas miraditas que me echabas cuando éramos novios. Hambrientas. Como si
quisieras comerme allí mismo. Luego, con los años, dejaste de mirar así. Al
menos, a mí; porque a las otras bien que las mirabas. Y, un día, aquella chica que caminaba como
drogada te mordió. Y el doctor dijo que estabas infectado. Y el cura se santiguó
y dijo que te volara la cabeza. Pero yo no puedo. No ahora que vuelves a
mirarme así. Como si quisieras comerme aquí mismo.
domingo, 23 de octubre de 2011
Sincronicidades
A las 13 horas 5 minutos del 29 de septiembre de 2011 Valeria Obušok, insigne cardióloga, muere arroyada por el camión que transporta los instrumentos de la filarmónica de Viena. En ese mismo instante, Monsieur Diastôl, afamado compositor, sufre un infarto y se desploma, ya sin vida, sobre las partituras de su nueva sinfonía.
Si nos remontamos ahora a las 13 horas 5 minutos del 29 de septiembre de 1961, veremos a la estudiante Valeria Obušok no entrando en el café de la Opera de Moscú. Allí, un joven Diastôl celebra su admisión en el conservatorio. Ella, por suerte, decide pasar de largo y nunca se conocen. De lo contrario, en su vida, únicamente se habrían amado.
Feliz aniversario,maja
Toca jotas otra vez. Como cada 12 de noviembre,el abuelo sube al desván y regresa con su colección de vinilos.
Coloca uno en el tocadiscos;la casa,normalmente tan silenciosa,se va llenando de tambores,bandurrias y laúdes.
Agarra a la abuela y se pone a bailar; van dando vueltas por todo el salón. De vez en cuando,intenta un salto,pero ya no logra despegar los pies ni un milímetro. Eso no le molesta,se pasará todo el día bailando con esa sonrisa en la cara.
Después,cuando el sol se ponga,devolverá la urna a su sitio.
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sábado, 1 de octubre de 2011
Suicidio profesional
Sentados
frente al eminente psiquiatra, los tres guardábamos silencio y nos mirábamos,
la profesora, el loco y yo. Por fin, el psiquiatra, con gesto adusto, colocó
frente a mí un tarrito de cristal repleto de pastillas azules. Luego, volvió a
recostarse en su silla y entrecruzó los dedos. Tómese dos, ordenó. Yo mire a
mis acompañantes y abrí la boca para protestar. El doctor me detuvo con un
gesto de la mano. Señor mío, dijo, la esquizofrenia no es ninguna broma, ya es
hora de liberarse de sus amigos imaginarios, ¿no cree? Suspiré. Cerré los ojos
para no ver sus expresiones; y me tragué las dos pastillas azules. Esperé unos
segundos a que hicieran efecto. Al abrir los ojos, la profesora sonreía
irónicamente y el loco se desternillaba y agitaba los brazos en el aire. El
psiquiatra había desaparecido.
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